Centenario del Aniversario del Nacimiento del Presidente Adolfo López Mateos – Discurso del Lic. Emilio Chuayffet
comunicados, discursos — By admin on mayo 27, 2010 at 23:42
DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO LICENCIADO EMILIO CHUAYFFET CHEMOR, DURANTE LA CEREMONIA DE ENTREGA A LA UNIVERSIDAD AUTONÓNOMA DEL ESTADO DE MÉXICO, DEL ACERVO DEL PRESIDENTE ADOLFO LOPEZ MATEOS, POR PARTE DE SU FAMILIA, EN OCASIÓN DEL CENTENARIO DEL ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO.
Señora Ave López Mateos de Zollá:
Señor Rector de la Universidad Autónoma del Estado de México:
Señor Presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México:
Distinguidos familiares, amigos y colaboradores de Don Adolfo López Mateos:
Señores Ex Rectores:
Señores Legisladores y Servidores Públicos Federales y Estatales:
Señoras y Señores:
La obra de todo hombre público es inevitablemente, materia de controversia. No hay unanimidad en el juicio histórico, pero es innegable que López Mateos fue, y sigue siendo, uno de nuestros Presidentes más queridos.
Don Adolfo sigue atrayendo a muchos mexicanos. Cautiva espíritus, y los llena de simpatía hacia su figura de líder, rica en virtudes esenciales: la autenticidad, la sencillez, el optimismo, y la adhesión realista a los ideales.
Su imagen parece desdoblarse hoy en el recuerdo: el institutense pobre, que tiene que trabajar como bibliotecario en su escuela; el vasconcelista ardiente, que jamás niega su causa; el universitario que dibuja tempranamente su destino, en la impresionante fuerza convincente de su oratoria; el Director de nuestro Instituto Científico y Literario, que disfruta a un tiempo, la cátedra y la conducción de un plantel prestigiado; el político instintivo y educado, que abreva de la experiencia, encarnada en Fabela o en Ruiz Cortines, y que también enseña a los jóvenes, a quienes su carisma recluta.
Paradójicamente, hoy todas esas imágenes se funden en una sola: la de un hombre vital. Su vitalidad se expresa en sus actitudes: repudia toda sujeción dogmática; rechaza la reiteración mecánica, el discurso sin convicciones, la forma sin fondo, la disciplina servil y automática; provoca el examen y la crítica, logra la creatividad; secunda la adopción de estilos nuevos; y, sobre todo, ejerce el poder sin perder respeto por los demás.
Su vitalidad es sencillez, naturalidad sin afectaciones, soltura sin frivolidad, benevolencia sin debilidad, energía sin asperezas, y abrumadora generosidad.
Su figura encaja en la época en la que vivió. Perteneció a aquella generación de mexicanos que nace, cuando la revolución apenas asoma; que crece, cuando las barricadas se han vuelto programas; y que comienza a actuar sobre nuestra historia contemporánea, cuando el caudillismo cede su turno al país de leyes e instituciones.
Generación privilegiada que vio a la revolución escribir novelas y pintar murales; que no percibió el caos, porque creció con la reconstrucción; que oyó del México viejo que acababa y vio al México nuevo que surgía.
Generación que conservó la impronta humanista del siglo XIX y siguió creyendo en el hombre como medida de todas las cosas, pero que al mismo tiempo, recibió del nuevo siglo el asombro ante la ciencia, el milagro de la inteligencia arrancando sus más íntimos secretos a la naturaleza. Por eso fue la suya una generación escéptica, que todo lo replanteó, pero también por eso fue creativa, por estar urgida de respuestas frente al misterio de cada coyuntura.
Dentro de su generación, Adolfo López Mateos fue un político, un auténtico político. No un cultivador de pequeñas o grandes maniobras, ni un empecinado del poder, sino un político inscrito en el sentido y la dirección del humanismo mexicano: el poder al servicio del hombre y su dignidad.
Provinciano por esencia, adquirió precisamente en la provincia, el pensamiento liberal. Si Atizapán fue la cuna, Toluca fue la escuela, y en el viejo Instituto, da lustre a un linaje liberal que reúne entre sus ancestros, a Ignacio Ramírez, Juan Mateos, Francisco Zarco y Jesús González Ortega.
Por su formación, serán Morelos y Juárez sus paradigmas: en aquél, sin libertad, la patria es imposible; en éste, la patria existe para garantizar y dar sentido concreto a la libertad.
Don Adolfo –como Juárez- creyó en el liberalismo como un intento de explicación del mundo que pugna por transformarlo. Como ideología que quiere hacerse realidad, pero a la vez como una idea que recibe de los hechos una influencia decisiva que la perfecciona.
Contra los que pensaban y todavía hoy sostienen que los liberales se apoderaron de México y de su historia, Don Adolfo, precisamente por conocer nuestra historia, supo que fue México, su pueblo, el que hizo suyo el programa liberal, fundiéndolo para siempre con la idea de nación, un nacionalismo beligerante y triunfante en el siglo antepasado, y revolucionario y modernizador en el siglo XX.
Humanista y liberal, Adolfo López Mateos fue un Presidente precursor, constructor y previsor.
Consecuente con su fe liberal, el Presidente López Mateos ensanchó nuestra democracia. No solo respetó las corrientes de pensamiento distintas a la revolucionaria, sino que promovió su representación, conociendo que no hay mayor peligro para nuestras libertades públicas, que la dictadura de las mayorías.
Pero su concepción y práctica de la democracia, iban más allá: incluían la igualdad política frente a la ley, la erección legítima de la autoridad, el ejercicio lícito del poder. “Los caciques viven hasta que el pueblo quiere”, decía, y lo actuó apoyando al pueblo contra mesiánicos o malintencionados, que creen representar por sí y ante sí mismos, la única vía de conducción y gobierno, llegando incluso, cuando son desplazados, a sentenciar con la máxima de las soberbias, que el pueblo está equivocado.
López Mateos convocó al esfuerzo colectivo. Trabajó con la certeza de que sin la sociedad, el Estado carece de eficacia para alcanzar el bienestar, y sin el Estado, la sociedad no tiene energía para llegar a la justicia.
Hizo más grande a México, en lo visible y en lo invisible. Encabezó el cambio, reconociendo según sus propias palabras, “las responsabilidades de quien modifica lo establecido para dar existencia viable a lo nuevo”.
Hay, dentro de su gestión, un rubro que me parece capital. El vasconcelismo lo marcó profundamente, y por eso lo condujo a impulsar la educación, como camino de la libertad. El plan de 11 años, la vertiginosa multiplicación de escuelas, el apoyo al magisterio, la excepcional construcción de museos y espacios para la ciencia y el arte, son testimonios de un gobierno que quiso dirigir enseñando.
Los libros de texto gratuitos constituyeron un logro fundamental para nuestro sistema educativo. Hicieron posible en los hechos, la igualdad de oportunidades, ese igualitarismo democrático que desde el siglo XIX buscaron los precursores como Zavala y Gómez Farías.
Aquí en México, los libros de texto fueron combatidos por una equívoca percepción que quiso ver en ellos la estatización del aprendizaje; la UNESCO, en cambio, los propuso, y los sigue proponiendo como modelo a seguir, concibiéndolos como la mejor y más perdurable inversión que un pueblo puede hacerse a sí mismo.
Todo este gigantesco esfuerzo educativo, estuvo acompañado por un apoyo similar a la niñez. La creación del Instituto Nacional de Protección a la Infancia dio forma a una tarea esencial. La Maestra Eva Sámano, surgida de la noble tradición de nuestro normalismo, abrazó solidaria este programa de su esposo, y le dio presencia nacional y calor humano, hasta convertirlo en el rostro más amable del gobierno.
Hubieran bastado el perfeccionamiento de nuestra democracia y el impulso a la educación, para calificar como notable la gestión de López Mateos. Pero abarcó mucho más. Por eso, tenía razón Torres Bodet cuando despidió sus restos: la tumba no sería ocaso de su gloria ni fin de su acción.
La promoción económica con énfasis en la industrialización, las obras hidráulicas y carreteras, la nacionalización de la industria eléctrica, el desarrollo de la petroquímica y la siderurgia, la ampliación del seguro social, la creación del ISSSTE, la institución del reparto de utilidades, el concepto integral de la reforma agraria, y la experiencia de la planeación como ejercicio obligado y previo de la administración pública, pueden ofrecerse como el acervo que López Mateos heredó a sus sucesores.
Don Adolfo entendió la necesidad de vincularnos más a la comunidad internacional. Por ser profundamente mexicano, fue profundamente universal. En la preservación de nuestra identidad, en la exaltación de nuestros símbolos y rasgos característicos, encontró la fácil comunicación con otros pueblos. Su nacionalismo vigorizó su política exterior.
La recuperación del Chamizal no es solo el logro de una causa justa, sino lección ética y jurídica: acredita que no hay mayor razón de estado, que la razón del derecho.
Hubo quienes haciendo gala de pragmatismo, criticaron sus viajes y participaciones internacionales, con el argumento de nuestra relativa importancia en el mundo de la guerra fría.
¿Qué importaba México en un concierto de equilibrios e intereses manejado por las hegemonías? Para López Mateos, había que subrayar la presencia moral de México: nos daba fortaleza.
López Mateos convocó y cohesionó a la sociedad mexicana. Cumplió en su hora, con los suyos, y al hacerlo, sirvió como hilo conductor de la obra revolucionaria.
Si a fin de cuentas el recuerdo popular es el único premio al buen servidor público, el juicio sobre Adolfo López Mateos ya ha sido pronunciado.
Mucho ha cambiado México desde que nos gobernó. Pero también muchos rasgos permanecen como definitorios de nuestros retos.
Hoy, bajo circunstancias distintas y con mayor experiencia acumulada, seguimos nuestro curso. En el Estado de México, Enrique Peña Nieto procura el ensanchamiento de nuestra vida democrática; la recuperación de nuestro crecimiento económico; el combate a la pobreza extrema; la lucha contra el aislamiento geográfico, étnico o histórico; la preservación del orden y el derecho, son capítulos de un ejercicio gobierno que nos permite hablar, con razón, de un nuevo tiempo mexicano.
Durante su mandato, el Gobernador Peña ha mostrado ese espíritu que emana de la obra Lopezmateísta.
Hoy, orgullosos de nuestro pasado, empeñados en nuestro presente, confiados en el porvenir, atestiguamos la entrega que la Señora Ave López Mateos de Zollá, hace a la Universidad Autónoma del Estado, del acervo del único mexiquense que hasta ahora, ha llegado a la Presidencia de la República.
Este acervo nos recuerda que los hombres como López Mateos, mueren pero no se ausentan. Siguen al lado de su pueblo, combatiendo por su causa. A Don Adolfo le decimos hoy, de nueva cuenta, que a personas de su talla no se les concede ni tregua ni reposo, sino que por el contrario, se les reclama que, ya sin las ataduras del tiempo y del espacio, sigan luchando por el México que anhelamos.
Otra vez en esta casona, a través de su acervo, milita para siempre con nosotros, Adolfo López Mateos.
AULA MAGNA DE LA UAEM
TOLUCA DE LERDO MEXICO,
26 DE MAYO DE 2010.
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